
¿Para qué existen las leyes? ¿Basta con conocerlas o también debemos tener el valor de defender los derechos cuando presenciamos una injusticia?
Más allá de su origen, esta conocida reflexión invita a pensar sobre el verdadero propósito del Derecho: no solo estudiar normas, sino asumir el compromiso ético de hacerlas valer cuando las circunstancias lo exigen.
En Mi Biblioteca Digital compartimos esta historia por el mensaje que transmite, convencidos de que el conocimiento jurídico solo cobra sentido cuando se traduce en acciones guiadas por la justicia, la dignidad y el respeto por los derechos humanos.
El silencio frente a la injusticia: una lección que todo estudiante de Derecho debería recordar
En el primer día de clases de la asignatura Introducción al Derecho, el profesor ingresó al aula y, antes de iniciar la lección, pidió el nombre de un estudiante que se encontraba sentado en la primera fila.
—¿Cuál es su nombre?
—Mi nombre es Nelson, profesor.
Sin explicación alguna, el docente respondió con firmeza:
—¡Salga de mi clase y no vuelva nunca más!
Sorprendido y confundido, Nelson recogió sus pertenencias y abandonó el salón. El resto de los estudiantes observó la escena con asombro e indignación, pero ninguno intervino.
Cuando el silencio volvió al aula, el profesor inició la clase.
—¿Para qué sirven las leyes?
Las respuestas comenzaron a surgir:
—Para mantener el orden en la sociedad.
—No.
—Para que las personas las cumplan.
—No.
—Para sancionar a quienes actúan incorrectamente.
—No.
Finalmente, una estudiante respondió con timidez:
—Para que se haga justicia.
—Exactamente —dijo el profesor—. Las leyes existen para hacer posible la justicia.
Entonces formuló una nueva pregunta:
—¿Qué es la justicia?
Los estudiantes hablaron de derechos humanos, del bien y del mal, de proteger a las personas y de garantizar la convivencia.
Cuando terminaron, el profesor los miró nuevamente y preguntó:
—¿Actué correctamente al expulsar a Nelson del salón?
Después de unos segundos de silencio, todos respondieron al unísono:
—¡No!
—Entonces —continuó el profesor—, ¿podría decirse que cometí una injusticia?
—Sí.
El docente guardó silencio por un momento y luego formuló la pregunta más importante de toda la clase:
—Si todos sabían que era una injusticia, ¿por qué ninguno hizo nada?
El aula quedó completamente en silencio.
Entonces concluyó:
«¿De qué sirven las leyes si no tenemos la voluntad de ponerlas en práctica? Cada uno de ustedes tiene la responsabilidad de alzar la voz cuando presencia una injusticia. Nunca vuelvan a guardar silencio.»
Finalmente pidió que llamaran nuevamente a Nelson y la clase continuó.
Reflexión jurídica
Esta historia nos recuerda que el Derecho no se limita al estudio de códigos, leyes o procedimientos. Su esencia radica en la protección de la dignidad humana y en la búsqueda de la justicia.
Conocer nuestros derechos es importante, pero también lo es ejercerlos y defenderlos cuando son vulnerados, incluso si ello exige cuestionar una decisión o asumir una posición incómoda.
El silencio frente a la injusticia puede convertirnos, sin proponérnoslo, en espectadores pasivos de aquello que el Derecho precisamente busca evitar.
Para quienes estudian o ejercen la profesión jurídica, esta reflexión adquiere un significado especial. La ética, la valentía y el compromiso con la justicia deben acompañar siempre al conocimiento técnico. Porque un buen jurista no solo interpreta la ley: también comprende el valor de la dignidad humana y la responsabilidad que implica defenderla.
¿Y usted qué opina? ¿Cree que el mayor desafío del Derecho es conocer las leyes o tener el valor de actuar cuando presenciamos una injusticia? Lo invitamos a compartir su reflexión y a seguir construyendo, desde el conocimiento, una sociedad más justa.

